EL DEPORTE EN LOS CURSOS DE IDIOMAS

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En su canción Imagine, Jhon Lennon cantaba “Imagine there's no countries […] Imagine all the people living life in peace”. Y algo así es lo que yo he podido vivir gracias al deporte y a mi trabajo.

Soy profesor de español como lengua extranjera y, como todo educador, cuento con la educación en valores como parte muy importante de lo que enseño. Especialmente porque entiendo que al enseñar una lengua se está transmitiendo algo más que una herramienta de comunicación. Con una lengua llega toda una cultura, una forma de pensar y una manera de ver la vida. Pero, además, enseñar es también aprender y tengo la suerte de haber aprendido mucho sobre otros países y sus culturas gracias a mis estudiantes. Realmente me siento afortunado de tener este trabajo, no lo voy a negar ni disimular.

El caso es que enseño español a extranjeros que visitan Santander. Normalmente un mes, aunque hay quien viene una semana y también quien se queda varios meses, como una chica china que ya casi ha pasado un año aquí aprendiendo español. De todo el año, cuando más alumnos hay es en verano, reuniéndose un par de centenares de estudiantes de varias decenas de países y de todas las edades. Ver tomando el café a un jubilado estadounidense que intenta charlar en español con un universitario alemán y una joven profesora holandesa, por ejemplo, me encanta. Me llena de satisfacción y también de optimismo sobre la gente y el futuro de nuestra sociedad.

A todo esto que ya os he contado, quiero añadir algo que empezó como una iniciativa personal y espontánea y que ahora forma parte de la oferta que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo ofrece a sus estudiantes.

Todo surgió cuando vi que entre los alumnos no siempre había comunicación o relación. Sí, entre los que forman el grupo de clase sí. Y también entre los de una misma nacionalidad. Pero la relación entre diferentes niveles y países no era tan buena. Esta falta de relación llevó a algunos alumnos de mi clase a preguntarme si conocía a alguien con quien pudieran jugar al tenis en la pista que tenemos en el campus. Empecé a pedir a otros profesores que preguntaran en sus clases y acabamos jugando una docena (me incluyo) unos partidos. Luego vinieron partidos de futbito y también baloncesto. Aquel año nació algo.

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Desde entonces, he seguido organizando actividades deportivas para los estudiantes y sigo convencido de que es una manera genial de acercar a la gente, acercar culturas y acabar con prejuicios, estereotipos o miedos. Como la idea es integrar a todos y formar grupos lo más heterogéneos posible, lo ideal son los deportes de equipo pero no solo. Además de aprovechar que el campus está muy cerca de la playa y podemos practicar allí el voleibol (formando equipos de 6 aunque deberían ser de 3 porque lo que importa es participar), también aprovecho para promocionar un poco algo local: las palas. Aprovechando las instalaciones del campus también hemos tenido futbito, baloncesto, tenis, zumba y hasta yoga y tai-chi. Estas últimas actividades coordinadas por estudiantes expertos o instructores que nunca habían tenido que usar el español en ese contexto.

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Con el tiempo, hemos añadido también una clase de surf y un bautismo de submarinismo, por ejemplo. Actividades donde compartir emociones está por encima de todo y que unen en una experiencia muy especial.

De verdad, puedo ser subjetivo por estar hablando de algo que vivo desde dentro, pero creo que estos encuentros deportivos mejoran la dinámica del campus y sé que a los participantes les cambia un poco la vida. Por ejemplo, imagina que se juntan varios estudiantes, entre ellos hay unas chicas japonesas unos chicos italianos (y no tengas miedo de confesar que te imaginas a esas chicas monas, delicadas y tímidas. Es normal, igual que imaginar a esos chicos italianos como hábiles jugadores; son de un país donde el fútbol es muy popular). Bueno, pues resulta que juegan un partido y gana el equipo donde juegan las japonesas, sorprendiendo a unos italianos con su técnica y habilidad. Yo no tengo que imaginarlo, lo he vivido y sé que fue, sin duda, una gran lección contra varios prejuicios.

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Han venido a Santander a aprender español pero míralos: gracias al deporte, gente de culturas diferentes, de religiones diferentes, de diferentes colores y manera de ver las cosas sentados junto a la red de voleibol en la playa, al final de una tarde de julio, compartiendo risas, agua y esas nuevas palabras aprendidas. Palabras que ya usarán de manera natural con sus nuevos amigos: “¡Vamos!”, “¡Arriba!”, “¡Tuya!”, “¡Mía!”.

Palabras que saben que no tienen que decir en clase: “¡Mierda, fallé!”, “¡Eres un paquete!”, “¡Mecachis!” o similares.

Palabras que los han unido: “amigo”, “compañera”, “equipo”. Yo cada verano los despido y me siento con el corazón un poco más lleno y con la sensación de que podemos mejorar nuestra sociedad. Lo he visto ya, un poquito; la sociedad ha mejorado.

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Autor: Jorge Gutiérrez Gamón, profesor de español.

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