REFLEXIONES DESDE EL DANUBIO

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Con un vaso medio lleno de vino serbio en la mano izquierda, y tratando de ahuyentar media docena de mosquitos ansiosos, observo cómo tras las aguas del río Danubio, a unos 2km de distancia, el sol se va poniendo tras la Torre de Gardos. La playa de Lido, ubicada en la cara más al norte de la Isla de la Gran Guerra, en Belgrado, se va coronando como el rincón perfecto para descansar la mente y el alma.

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Miro fijamente a la orilla, donde dos pequeñas de no más de 3 y 7 años juegan a ser más valientes que el mismísimo Danubio. Jamás había tenido la oportunidad de surcar ningún río de semejante magnitud. Nunca hasta hace escasos instantes cuando Goran, mi risueño anfitrión belgradense, se ha ofrecido a mostrarme su rincón más querido de la ciudad.

- Me siento mejor navegando sobre las aguas del Sava y del Danubio que caminando por la calle – dice mientras se ríe y nos sirve otro vaso del cóctel al que acaba de bautizar como “summer edition” (vino y agua con gas, para suavizarlo, que luego hay que volver en barco).

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No es esta mi primera experiencia en Serbia. De hecho, las primeras dos veces fueron fugaces, ambas con motivos puramente balonmanísticos. La primera en 2012, por el Europeo femenino, donde atestigüé por primera vez un partido en vivo de las #Guerreras. Desde entonces supe que querría repetir una y mil veces, y precisamente por eso la segunda no tardó en llegar: esta vez en 2013, por el Mundial femenino. Y fue allí. Allí quedé prendada y atrapada, marcada de por vida por este maravilloso deporte. Casi 20.000 personas metidas en un estadio digno de guardar en la memoria, en Belgrado, viviendo una final histórica e irrepetible para el balonmano femenino.

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Probablemente allí naciera mi devoción por un periodismo deportivo alternativo. Y es que, recuerdo que en 2008 encendí la tele y me coincidió que en Teledeporte jugaba la selección femenina contra Alemania. A mis 17 años ignoraba qué se estaban jugando y por qué. Sólo recuerdo a una dorsal número 7 jugando un partidazo. A día de hoy sé que eran las semifinales del Europeo de Macedonia y que fue el nacimiento de las #Guerreras. Por eso, cinco años después me formé en este precioso oficio que, en el fondo, llevaba dentro desde siempre. Así que, tras el Serbia-Brasil de 2013, decidí que quería más, que no me bastaba con haber conocido por primera vez las entrañas de un templo del balonmano ni su Zona Mixta. Decidí que ese iba a ser mi hábitat a partir de entonces, que esas eran las trincheras desde las cuales quería pelear por un mundo mejor y por supuesto, que todo lo que allí ocurriera, se lo tenía que hacer saber al resto de la humanidad. Más que nada para que nadie más a sus 17 años tuviera que ver la tele sin saber que estaba siendo testigo de un momento histórico para este deporte.

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Empujada por esta 'rabia' y estas ganas de “cambiar el mundo” (¿quién en sus años universitarios no ha tenido la cabeza llena de ideales de semejante magnitud?) comencé esta carrera de fondo. A viajar y a tratar de conocer, a la par que entender, la realidad de este bendito deporte más allá de los Pirineos.

Y así, ensimismada en mi propia existencia, me doy cuenta de que ya no queda nada del sol que horas antes iluminaba el municipio de Zemun a espaldas del Danubio. Goran se despide de Marco y de Marija, y también de las niñas. Yo les dedico mi mejor sonrisa y un “dovidenja” con el mejor acento serbio posible. Parece que funciona puesto que me llevo un “Nice to meet you” y un par de apretones de mano de vuelta. No sé por qué, me asombra su amabilidad y me siento feliz (diría realizada incluso, en un contexto más filosófico) por las interesantes charlas que acabo de mantener con tres serbios absolutamente desconocidos, rodeada de un paisaje inmejorable.

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Se hace de noche y Goran prepara la barca para volver. Me subo a ella y cuando creía que mi día había llegado a su fin, me doy cuenta de que la vuelta a casa la vamos a hacer surcando el magnífico Sava. Es decir, antes o después, en el horizonte, acabará apareciendo Belgrado, iluminada por las luces, tras el Kalemegdan y con “Víctor” (el monumento a la victoria, símbolo por excelencia de la ciudad) elevado allí prácticamente hasta el cielo estrellado.

Entre risas y más vino, efectivamente, se aparece ante mí una estampa que sin duda queda grabada en mis retinas para siempre. Y entonces habla Goran:

- ¿Ves esto? Así da la bienvenida Belgrado a todo el mundo. Podéis venir cuando queráis – se empieza a reír de nuevo – estamos dispuestos a compartir todo esto con todo el mundo, los ríos, la comida, el vino -alza su vaso-, de verdad, no hacía falta que nos atacasen ni bombardeasen de esa manera, ¡hubiéramos compartido todo con quien fuera! - sus carcajadas contagian la risa, pero me doy cuenta de repente que las palabras de mi risueño anfitrión tienen un poso de pena intensa y probablemente también de mucho dolor por todas las tragedias que se tuvieron que vivir en estos países hasta hace bien poco.

Siempre he admirado o quizás es más la incomprensión que me llena cuando escucho a gente que dice “yo cuando viajo nunca repito destino”. Y yo me pregunto cómo es posible no volver a aquellos sitios donde siempre que fuiste te dejaste un pedacito de tu alma, e incluso te llegaste a encontrar a ti misma. Viajar, creo no mucho sino bien, sin duda es el motor que genera las personas necesarias para un mundo mejor.


Autora: Nagore Odriozola, periodista deportiva

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